Jim Carey es una de las historias más peculiares y fugaces en la historia de la NHL. A mediados de los 90, el joven portero de los Washington Capitals parecía destinado a marcar una época en la franquicia, pero su irrupción fue tan prometedora como fulgurante. Duró menos que un cubito de hielo en el desierto.

Debutó como profesional en enero de 1995 y ya se había retirado antes de que comenzara el siglo XXI. Su trayectoria, marcada por una progresión vertiginosa y una caída de mayor calado, refleja la vertiente más imprevisible del deporte de élite, donde la regularidad marca la frontera entre una trayectoria destacada y un simple destello.
Con 18 años recién cumplidos se convirtió en el portero mejor posicionado en el Draft de 1992
Hoy en día, el nombre de Jim Carey es uno de los muchos ejemplos que representan ese fenómeno tan fascinante como inusual, el de una estrella que deslumbró con fuerza… aunque su brillo fue efímero. De hecho, cuando decidió colgar los patines, su vida pegó un giro radical. Optó, nada más y nada menos, por estudiar Derecho en Harvard.
Un ascenso meteórico
El guardameta, nacido en Dorchester (Massachusetts) en 1974, comenzó jugando al lado de casa, en Boston College, aunque allí solo duró un año. Suficiente para llamar la atención. Ganó todos los partidos que disputó y encajó 1 gol de media. Su siguiente destino, los Catholic Memorial Knights, integrados en la Arquidiócesis de Boston, no estaba tampoco demasiado lejos, apenas a 8 kilómetros. En dos temporadas, le dio tiempo a firmar un récord de 33-2-0.

Y llegó el momento de la verdad. Con 18 años recién cumplidos, tras convertirse en el portero mejor posicionado en el Draft de 1992, cuando fue escogido por Washington (#32), hizo las maletas para mudarse a Wisconsin, donde defendió los colores de los Badgers en la WCHA durante dos temporadas. Fue nombrado Rookie del Año y, por si fuera poco, ganó el Mundial Sub-20. Después de dejar su impronta en las categorías universitarias, llegó la hora de jugar en la AHL, el paso previo antes del gran escenario. Con los Portland Pirates, fue condecorado como mejor novato y mejor portero de la temporada en 1995.
La llamada de los Washington Capitals no se hizo esperar. Su estreno en la NHL llegó frente a los Edmonton Oilers, en un partido que ganó la franquicia canadiense por 4-3, pero que marcó el inicio de una carrera llena de giros inesperados. Conquistó el Calder Memorial Trophy, concedido al mejor ‘rookie’, en 1995, y un año más tarde se llevó a casa el Vezina. Líderó la liga en porterías a cero (9), sumó 35 victorias y nada más concedió una media de 2,26 goles por partido. Lo tenía todo para ser el portero más dominante de la próxima década en la NHL.

También se proclamó campeón del mundo por segunda vez, esta vez en categoría absoluta, aunque como suplente de Mike Ritcher. Estados Unidos ganó en tres partidos a Canadá.
Los playoffs, asignatura pendiente
No era oro todo lo que relucía. Washington, como venía siendo costumbre desde hace muchos años, se clasificó para los playoffs durante la temporada inaugural de Jim Carey en el equipo. Pero no pasó de primera ronda tras caer en el séptimo partido contra los Pittsburgh Penguins. Los números del cancerbero de Massachusetts fueron deplorables: 4,19 goles encajados de media y un pírrico 83,4 % de paradas.
Los números de Carey empeoraban año tras año sín que nada pudiera frenarlos
Fue todavía peor un año después, cuando recibió 6,18 tantos por partido y nada más detuvo un 74,4 % de los lanzamientos que enfrentó, nuevamente, ante el equipo de Pennsylvania, que esta vez venció por 4-2. En la temporada 96/97, con los últimos coletazos de Carey, los Capitals se quedaron fuera de la lucha por la Stanley Cup por primera vez desde 1982.
Presión mediática y expectativas

Conforme su figura fue ganando adeptos y los focos comenzaron a alumbrarle, casualidad o no, el rendimiento del Jim Carey no volvió a ser el mismo. En el curso 96/97, sus estadísticas se desplomaron. Ganó menos de la mitad de los encuentros que el año anterior, el porcentaje de paradas cayó por debajo del 90 y solo pudo lograr un shutout.
Tal fue su caída, que Washington decidió traspasarlo en mitad de la temporada a Boston. En 19 partidos -18 como titular-, empeoró todavía más las cifras que traía de la capital, y al año siguiente compaginó la NHL con los Providence Bruins de la AHL.
En poco más de doce meses, su carrera había pasado de estar en el pico más alto a descender a los infiernos. Y todavía quedaba más. Cumplido el ciclo en Boston, que se alargó hasta verano de 1998, firmó por los St. Louis Blues, aunque para jugar solamente 4 partidos y anunciar su retirada con apenas 25 años.
Un giro de 180º
Carey cambió el hielo por los libros para dedicarse al estudio, aunque no terminó graduándose, pero sí montando su propio negocio. A día de hoy, el que fuera uno de los porteros más fugaces en la historia de la NHL es el CEO y presidente de OptiMED Billing Solutions, una empresa que ofrece servicios de facturación médica en Estados Unidos.
La carrera de Jim Carey queda en el recuerdo como una de las grandes incógnitas en la historia de los Washington Capitals, que, sin embargo, encontraron poco después en Olaf Kölzig un auténtico reemplazo de lujo para olvidar rápidamente a una estrella fugaz que supo escalar hasta la cima, pero no mantenerse.
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