Cuando los aficionados al hockey sobre hielo escuchan el apodo Broad Street Bullies, su mente se traslada inmediatamente a los golpes, a las entradas agresivas y a un sello de dureza que definió la National Hockey League (NHL) en la década de los 70. Sin embargo, debajo del áspero exterior se encontraba un arquitecto tranquilo y reflexivo que reimaginó cómo se jugaba y entrenaba el deporte: Fred Shero.

El técnico, a menudo reducido al director del equipo más famoso del hockey, fue un revolucionario cuyas ideas moldearían el deporte durante las décadas siguientes. La carrera de Shero no destaca por declaraciones atrevidas ni una personalidad grandilocuente, sino por una preparación meticulosa, la innovación radical y una creencia inquebrantable de que el trabajo en equipo podía superar a cualquier oponente.
Shero también abrazó la psicología deportiva e incorporó habilidades mentales para ayudar a sus jugadores a manejar la presión de las eliminatorias
El camino de Shero hacia el estrellato en los banquillo fue sinuoso. El canadiense, un defensa aguerrido y pequeño, jugó un total de 551 partidos principalmente en los New York Rangers, donde se granjeó una reputación por su presencia inteligente y regular y no tanto por su dinamismo como organizador. Después de retirarse en 1962, Shero pasó casi una década ganando experiencia en las ligas menores, donde comenzó a estudiar los sistemas del hockey de alrededor del mundo y prestó una atención particular al estilo estructurado y de posesión de la selección nacional soviética. Los Philadelphia Flyers contrataron sus servicios en 1971, cuando la franquicia tenía apenas cinco años de vida y nunca había ganado una serie de los playoffs. Shero no solamente era el candidato lógico, sino que llegó a la ciudad con un plan establecido.
La evolución de los Flyers
Durante las siguientes siete temporadas, Fred Shero transformó a los Flyers de unos eternos perdedores en leyendas. La campaña 1973-74 marcó su primer triunfo en la Stanley Cup, una impresionante sorpresa ante los dinásticos Boston Bruins, que habían ganado dos de las tres últimas copas y tenían en sus filas a Bobby Orr y a Phil Esposito, los jugadores más dominantes de la liga. Un año después, los Flyers se convirtieron en el primer conjunto de expansión en ganar dos Stanley Cups seguidas al derrotar a los Buffalo Sabres en seis disputados partidos. Pese a que los medios se fijaban en el físico del equipo, Shero denostaba la etiqueta universal de bullies —matones—. En efecto, una vez le dijo a sus pupilos: “Quiero que os odien, pero quiero que juguéis bien primero”. La dureza del conjunto era una herramienta, no una estrategia, y despejaba el camino para el florecimiento de habilidosos jugadores como Bobby Clarke o Bill Barber. La exhibición de los Flyers de 1976 contra el equipo soviético —se convirtieron en el primer equipo de la NHL en vencer a la Armada Roja en hielo estadounidense— validó definitivamente el enfoque de Shero.

El estilo técnico de Shero se adelantaba a su tiempo en casi cada aspecto. Mucho antes de que el ojeo por vídeo se extendiera en la NHL, el canadiense ya utilizaba grabaciones de encuentospara desmenuzar tendencias de los rivales y diseñar planes de partido para cada emparejamiento. El entrenador fue pionero en priorizar el acondicionamiento fuera del hielo e introudjo el ejercicio de fuerza y las carreras de larga distancia en una liga que había confiado previamente casi por completo en los entrenamientos sobre el hielo.
Shero, a diferencia de los técnicos de su época, que dirigían sus vestuarios con puño de hierro, trataba a sus jugadores como adultos y les otorgaba autonomía para realizar ajustes en vez de dar indicaciones en cada cambio
El canadiense también abrazó la psicología deportiva e incorporó habilidades mentales para ayudar a sus jugadores a manejar la presión de las eliminatorias. El sistema de Shero enfatizaba la presión estructurada y la responsabilidad defensiva y creó un equipo que dominó la posesión de manera tan efectiva como el juego físico.
Un legado más allá de Filadelfia
Fred Shero dejó los Flyers en 1978 para asumir el papel de primer entrenador y director general de los New York Rangers, a quienes guio a la final de la Stanley Cup en 1979, un giro importante para una franquicia que no había alcanzado la serie decisiva en 15 años. No obstante, el canadiense nunca capturó de nuevo la magia que había encontrado en Filadelfia y se retiró de los banquillos en 1980. Durante décadas, las contribuciones de Shero estuvieron infravaloradas por el entorno del hockey. El técnico no accedió al Salón de la Fama hasta 2013, más de dos décadas después de su fallecimiento en 1990, un retraso que aficionados y expertos vieron como una corrección largamente esperada para un entrenador que había cambiado el deporte.

En la actualidad, el legado de Shero resulta imposible de ignorar. Cada equipo de la NHL utiliza ahora el vídeo como herramienta de ojeo, los sistemas estructurados y la puesta a punto fuera del hielo, todas prácticas que el canadiense inició. Los Broad Street Bullies se recuerdan no solamente por su dureza, sino por ser uno de los conjuntos mejor entrenados en la historia de la liga. El natural de Winnipeg no destacó como una figura carismática, pero fue un visionario que vio el deporte de forma diferente a sus colegas. El técnico demostró que el éxito en el hockey no necesitaba de los jugadores más talentosos, sino de los más preparados. En definitiva, Fred Shero no solamente ganó dos Stanley Cups; reescribió los esquemas del hockey moderno.
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