A lo largo de la historia han existido jugadores que dominaron una época y otros que, además, cambiaron la forma de entender el juego. Bobby Hull perteneció a la categoría posterior.

El Golden Jet, natural de Point Anne, Ontario, nacido en 1939 y fallecido en enero de 2023 a los 84 años, desbordó la etiqueta de goleador prodigioso para poner rostro a un hockey más veloz, espectacular y, por primera vez, rentable para sus protagonistas. El nombre de Hull, unido a su número 9, supone todavía un sinónimo de potencia, rapidez y carisma a partes iguales.
Hull fue el jugador que enseñó al hockey sobre hielo a mirar hacia arriba, hacia goles más frecuentes, disparos más potentes y un espectáculo capaz de llenar pabellones
En concreto, Hull debutó en la National Hockey League (NHL) con los entonces Chicago Black Hawks —ahora Blackhawks— en la temporada 1957-58, con apenas 18 años. Un patinaje explosivo, su melena rubia al viento —de ahí el apodo— y un físico privilegiado hicieron inconfundible al canadiense desde el primer día. No obstante, fue su disparo lo que le convirtió en leyenda. El slapshot de Hull, potenciado con palas curvadas de un modo entonces novedoso, superaba las 100 millas por hora y aterrorizaba a los porteros, que jugaban con una protección inferior a la actual.
Un emblema de éxitos en Chicago
En efecto, los números avalan al mito. En 1961, Bobby Hull levantó la Stanley Cup con Chicago, su único título en la NHL. Sin embargo, el canadiense ganó tres premios Art Ross como máximo anotador de la liga en 1960, 1962 y 1966, dos trofeos Hart como su jugador más valioso en 1965 y 1966 y un galardón Lady Byng a la deportividad en 1965. Asimismo, el extremo izquierdo encabezó la competición en goles en siete ocasiones. En la campaña 1961-62 alcanzó los 50 tantos; en el curso 1965-66 fue el primer jugador en superar esa barrera, con 54, y en la temporada 1968-69 alcanzó los 58. En resumen, Hull terminó con 604 goles vestido con los colores de los Black Hawks y se alza todavía como una de las principales figuras de la emblemática franquicia original.

Con todo, en 1972 Hull protagonizó un terremoto histórico en la liga. Los Winnipeg Jets de la World Hockey Association (WHA), creada ese mismo año, le ofrecieron un contrato que incluía una prima de un millón de dólares, una cifra sin precedentes en el deporte profesional del hockey. El salto del canadiense legitimó a la joven competición y elevó los sueldos de todos los jugadores. En Winnipeg, Hull ganó el MVP en 1973 y 1975 y lideró al equipo hacia los títulos de la Avco Cup de 1976, 1978 y 1979. El extremo izquierdo acumuló 303 goles en la WHA, lo que situó su total en más de 900.
Un punto de inflexión deportivo y económico
Con la fusión de las ligas en 1979, Bobby Hull regresó a la NHL, primero con los Jets, que luego se transformaron en los Phoenix y Arizona Coyotes hasta su desaparición en 2024, y después con los Hartford Whalers —ahora Carolina Hurricanes—, donde compartió último vestuario con la enseña de los Detroit Red Wings Gordie Howe antes de retirarse en 1980 tras apenas nueve partidos. Finalmente, Hull anotó 610 tantos en la NHL. Así, el Salón de la Fama lo acogió en 1983, y tanto Chicago como Winnipeg retiraron su número 9. El legado del canadiense continuó en su hijo Brett, otro Hall of Famer y goleador de época. Sin embargo, la figura de Hull no estuvo exenta de sombras: sus problemas personales, con acusaciones de violencia doméstica, y algunas declaraciones de corte racista acompañaron también su recuerdo.

En definitiva, Hull fue el jugador que enseñó al hockey sobre hielo a mirar hacia arriba, hacia goles más frecuentes, disparos más potentes y un espectáculo capaz de llenar pabellones. El talento del canadiense en la pista y su valentía deportiva fuera de ella transformaron el negocio y la cultura del deporte. Hoy en día, cuando un delantero acelera por el carril izquierdo y dispara con toda su fuerza, hay algo del Golden Jet en el gesto. Sencillamente, la leyenda de Bobby Hull no se apaga.
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